La cuota de horror

Los estados, a diferencia de la ciencia objetiva,
siguen atribuyendo voluntad a los individuos. Un psicologismo
cientificista a ultranza  darÌa como pauta por cada crimen cometido,
por cada transgresiÛn acaecida, lo determinante, la causa externa que
hace del individuo su efecto. La objetividad, ese ideal invertido, clama
por la irresponsabilidad total en todo los crÌmenes, mientras que la
legalidad encuentra la posibilidad de la represiÛn y el castigo en la
suma responsabilidad. La voluntad, entonces, para nuestra Època,
existe legalmente pero no objetivamente. Esta contradicciÛn no se
puede superar por el lado de sus constituyentes, porque est· claro
que la objetividad pretende ser legal y la legalidad objetiva:
imposible allegamiento que se admite como v·lido, con la sombra de
una voluntad medio existente y medio inexistente ensamblada como
su progenie ridÌcula. Para salir del paso lo que tenemos no es una
racionalidad cerrada sino una pretendida racionalidad donde se hace
la vista gorda de dos maneras. La primera de ellas es seguir haciendo
ciencia sin responsabilidad y la segunda es la de seguir condenando
individuos a los que se les ha maniatado con ignorancia y miseria
planificadas la voluntad. PretensiÛn de racionalidad que por mantener
esta contradicciÛn sucia es irracionalidad evidente.
La contradicciÛn entre legalidad responsabilizadora y objetividad
irresponsable es lo que sostiene, por otra parte, la alianza entre
ciencia y poder. El poder se desentiende de responsabilidades propias
cuando la ciencia le aporta las determinantes para el crimen y la
ciencia se lava las manos cuando el crimen es cometido en nombre de
responsabilidades ajenas que no est·n en los manuales. Pilatos serÌa
feliz en una modernidad como esta. Hiroshima y Nagasaki 
no constituyen error, ni paliativo, ni acciÛn inevitablemente
causada, ni responsabilidad ajena, pero todo esto se dir· una y mil
veces hasta que se asuma como verdadero. Lo cierto es que fue un
crimen en el que el poder y la ciencia se conjugaron objetiva y
legalmente. Un crimen que no se presenta aislado sino que forma parte de la cuota cotidiana de horror con la que esta alianza nos
ofrenda dÌa a dÌa. Tomada la ciencia como rea de juicio nos dir· que
objetivamente no ha sido responsable, pues ni siquiera existe la
responsabilidad. Acusado el poder nos dir· que alcanza con lo que
tÈcnica y cientÌficamente ha sido argumentado. Ambos se librar·n de
nuestra condena por el expediente de una argumentaciÛn falaz, la
ciencia haciÈndose impune por la consagraciÛn de la impunidad, y el
poder por la consagraciÛn de la ciencia objetiva.
 
Existen varios eufemismos para vaciar de contenido criminal la
realidad que se sustenta. Esto es posible apelando a lo aleatorio,
modalidad de lo causal que permite disolver responsabilidades y
voluntades con mucha efectividad argumental. Se trata de los
accidentes tÈcnicos, daÒos colaterales, estadÌsticas policiales.
Comentemos o ejemplifiquemos uno a uno estos eufemismos.
 
Es sabido que la convivencia entre m·quinas ambulantes y personas
en las metrÛpolis se basa en la preponderancia de la m·quina. El
individuo de a pie se desplaza a un costado, por las aceras, y solo
por una espor·dica consagraciÛn se atiende a su presencia
concretando a veces una irrisoria peatonal que esconde otros fines
distintos de los del simple deambular. Esto es asÌ en toda la extensiÛn
de la metrÛpolis, por lo cual el automovilista, a sus anchas, esparce la
velocidad machacante, ruidosa y maloliente de su querida maquinita
sin lÌmites previstos. A la ilimitaciÛn del ajetreo automovilÌstico
no se la contiene tampoco para dar cabida al tr·nsito de vehÌculos
colectivos, que resultarÌa verdaderamente razonable desde todo punto
de vista, incluyendo el energÈtico, con el ˙nico perjuicio de no
alentar la egolatrÌa de conductores autosuficientes. Tampoco hay
medida en los lÌmites de velocidad que exhiben intrÌnsecamente las
m·quinas, las cuales pueden desplazarse objetivamente a mucho
mayor velocidad que la legalmente admitida. De nuevo aquÌ lo legal y
lo objetivo conviven en perfecta salud, y solo se apartan un poco para
multar la voluntad que moment·neamente se admite cuando la
velocidad concreta supera la legal, es decir, cuando el conductor
puede ser considerado responsable, lo cual resulta burlesco en virtud
de la contradicciÛn admitida. En total, se libera la m·quina entre los
seres humanos como a una bestia desbocada y sin fueros y cuando
no es posible responsabilizar al conductor a causa de sus excesos, se
llama accidente de tr·nsito a la trituraciÛn en serie que resulta de ello. Pero no hay tales accidentes de tr·nsito, solo hay lo que
inevitablemente debemos llamar crimen. La alianza entre el poder que
dirige la producciÛn de esas m·quinas y de la publicidad y la energÌa
para que esas m·quinas funcionen y se reproduzcan, y la ciencia, que
se aplica y muy bien a mejorarlas e incluso justificarlas
cientÌficamente, es lo que genera esa cuota de horror tÈcnico, ese
desgarramiento diario en que las vÌctimas se ven envueltas sin
comprender porquÈ ha sucedido. La responsabilidad existe, pero no es
meramente la responsabilidad del conductor, que no siempre puede
ser constituida, es la responsabilidad de la ciencia y el poder, que se
han aliado en un maridaje repugnante, tan repugnante como la
contemplacion de esas vÌsceras humanas que suelen quedar pegadas
al pavimento.
 
Ahora consideremos los daños colaterales. A ellos se les puede
asociar todo tipo de situaciones de guerra, que en Èpocas
pre-cientÌficas eran clasificadas dentro de lo tÌpicamente cobarde. En
efecto, la guerra antigua presuponÌa, al menos en alg˙n que otro caso,
la participaciÛn voluntaria de sus vÌctimas. Pero la matanza
indiscriminada con propÛsitos terroristas, o las destrucciones globales
y minuciosas, todo lo que es posible velar psicolÛgicamente con
propaganda masiva y practicar con h·bil tÈcnica, se ha convertido en
daÒo colateral. La guerra misma se ha vuelto daño colateral, es decir,
un daÒo mÌnimo semejante al que produce la extirpacion de una
gangrena en comparaciÛn con el que puede producir la gangrena en
sÌ. AquÌ est· la relacion entre lo preventivo, la doctrina prima facie de
la medicina y la guerra objetiva de ultima generacion, es decir, la
guerra meticulosa y cientÌfica, y sus daños colaterales: en la necesidad
de extraer la parte considerada tumefacta del tejido polÌtico o
geopolÌtico. En su supuesto intento de prevencion, mascarada con la
que el poder se reafirma, la ciencia mÈdica aporta su conceptuacion
de lo humano: la cirugÌa en lugar de la defenestraciÛn moral de la
ambicion desbocada, la amputacion en lugar del vil asesinato
descontrolado. De nuevo la alianza entre el discurso objetivo y la
legalidad estirada hasta el punto de incluir el crimen aberrante como
mal menor. øComo no extraer lo podrido para evitar que el morbo se
extienda? Lamentablemente lo que se ha podrido es la conciencia del
cirujano. Y por una increÌble ironÌa los doctos tienen a su disposiciÛn
un laboratorio perfecto en la guerra cuyo discurso medicinal han
aportado. Pero serÌa facil arruinarles la diversiÛn si por un momento nos detuviÈramos a pensar que las bombas quir˙rgicas abarcan radios
y profundidades cada vez mayores como si quisieran tragarse toda la
carne posible, y que los persistentes artilugios de fragmentaciÛn matan
al azar, es decir, con lo colateral del daÒo como meta. SerÌa f·cil
entender que se trata de un crudo y voraz crimen y nada m·s si
estuviÈramos allÌ cuando revienta la cabeza de un niÒo y sus intestinos
se enredan en una extraÒa pirueta. SerÌa f·cil entender la enemistad
de los cientÌficos de bata blanca si los viÈramos trabajar directamente
sobre el terreno, con las batas finalmente ensangrentadas por varias
capas resecas de la sangre que han hecho manar. Y su traiciÛn, su
intelectualmente gÈlida traiciÛn al futuro de la Tierra. Y su
pederastia con el poder, en las oscuras noches de las investigaciones
secretas, allÌ, donde el orificio de la sumisiÛn hace feliz a la
ciencia objetiva. Lo que es seguro es que la indignidad de la
inteligencia que se aboca a la guerra no es un daÒo colateral sino un
daÒo cuya persistencia remarca cada dÌa la vigencia plena de la
estupidez del orbe.
 
Consideremos ahora las estadÌsticas policiales. Ellas nos dicen algo
m·s: nos cuentan acerca de la ubicuidad de la barbarie en el ·mbito
de todas las sociedades constituidas actualmente. La cotidianeidad
del horror que asÌ se manifiesta no altera el decurso de los
programas de televisiÛn que se alimentan muchas veces de ella, ni los
espect·culos masivos, que la tienen como uno de sus condimentos, ni
el dÌa a dÌa de los hogares, que no la dejan fuera sino que la
incluyen entre sus posibles formas de convivencia. El horror en el
hogar, en la calle, en todo lugar adonde pudiera posarse la mirada,
siendo real y no contado, eso es lo que relatan las estadÌsticas
policiales. Y la pluralidad que somos asume la normalidad de esa
cuota de horror sin pausa, la asume por completo. øPorquÈ no?. El
mundo es objetivamente inseguro e incierto, por eso el crimen existe
y por eso, tambiÈn, el poder se hace legalmente necesario: tal es el
discurso que subyace a las estadÌsticas policiales. Pero, ø quÈ tal
si solo se trata de la supuraciÛn de una pluralidad humana enferma?
(pluralidad y no sociedad, pues eso serÌa mucho decir). Y en realidad
es eso y m·s: es la diseminaciÛn de lo insolidario hasta el borde
emergente de la agresiÛn, es la lucha por el lugar fijo en la
movilidad carnÌvora de la ajedrecÌstica del poder y de la ciencia, es
la campanada de la miseria espiritual en los lÌmites mugrientos del
egocentrismo organizado. Como detalle: desde la mitad del siglo veinte, es decir, desde que dejaron de funcionar las chimeneas de los
campos de exterminio nazis, los seres humanos han sido atiborrados
por pulcras empresas con ingentes cantidades de pastillas de todos
los colores y motivos, a partir de cuya ingesta se ha generado una
fabulosa bonanza de dinero y entusiasmo de laboratorio, y mientras
este truco solapado por el cual la unidad psicosom·tica ha sucumbido
a la quÌmica farmacÈutica se sigue realizando ante nuestros ojos
deslumbrados, la estadÌstica policial incluye entre sus perlas la de
la drogadicciÛn en masa, individualizada por tr·ficos, lotes y
vÌctimas. øAcaso es un accidente, un daÒo colateral, este consumo
ilegal, paralelo en su desarrollo y crecimiento al consumo legal de
drogas?. øO nuevamente un eufemismo encubre la responsabilidad
resplandeciente que se gesta en la mesa de los laboratorios y las
cuentas bancarias?
 
Se pretende, contrariamente a lo que se anuncia, un extraÒamiento
entre los efectos visibles y las causas, una disoluciÛn de la ˙nica y
verdadera responsabilidad. No se tiene a la objetividad ni al respeto
a la legalidad m·s que como vendas para enceguecer. La ciencia
podr· ser objetiva pero mientras mantenga ese ideal estÛlido seguro
que tambiÈn es criminal. El poder, a su vez, podr· apadrinar el orden
en las jaurÌas humanas, incluyendo ejÈrcitos, porque es Èl mismo, sin
duda, el que fomenta las jaurÌas y planifica las cacerÌas, pero lo
que no podr· nunca es ser un ideal. Y quienes lo detentan, cada vez,
no son m·s que payasos de su propio ego autorreferencial. Habr· que
esperar que la payasada de los encumbrados termine y que la ciencia
vuelva a ser al menos en parte subjetiva y arraigue en el corazÛn de
los que todavÌa, aunque el amor no exista, aman.